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Evangelio de Mateo Capítulo 27
27th June 2021 • Lecturas Bíblicas - Radio Gracia y Paz • Radio Gracia y Paz
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Shownotes

Muerte de Judas

3 Entonces Judas, el que le había entregado, viendo que era condenado, devolvió arrepentido las treinta piezas de plata a los principales sacerdotes y a los ancianos,

4 diciendo: Yo he pecado entregando sangre inocente. Mas ellos dijeron: ¿Qué nos importa a nosotros? ¡Allá tú!


5 Y arrojando las piezas de plata en el templo, salió, y fue y se ahorcó.


6 Los principales sacerdotes, tomando las piezas de plata, dijeron: No es lícito echarlas en el tesoro de las ofrendas, porque es precio de sangre.


7 Y después de consultar, compraron con ellas el campo del alfarero, para sepultura de los extranjeros.


8 Por lo cual aquel campo se llama hasta el día de hoy: Campo de sangre.


9 Así se cumplió lo dicho por el profeta Jeremías, cuando dijo: Y tomaron las treinta piezas de plata, precio del apreciado, según precio puesto por los hijos de Israel;


10 y las dieron para el campo del alfarero, como me ordenó el Señor. 


Pilato interroga a Jesús

(Mr. 15.2–5; Lc. 23.3–5; Jn. 18.33–38)

11 Jesús, pues, estaba en pie delante del gobernador; y éste le preguntó, diciendo: ¿Eres tú el Rey de los judíos? Y Jesús le dijo: Tú lo dices. 

12 Y siendo acusado por los principales sacerdotes y por los ancianos, nada respondió. 

13 Pilato entonces le dijo: ¿No oyes cuántas cosas testifican contra ti? 

14 Pero Jesús no le respondió ni una palabra; de tal manera que el gobernador se maravillaba mucho. 


Jesús sentenciado a muerte

(Mr. 15.6–20; Lc. 23.13–25; Jn. 18.38—19.16)

15 Ahora bien, en el día de la fiesta acostumbraba el gobernador soltar al pueblo un preso, el que quisiesen. 

16 Y tenían entonces un preso famoso llamado Barrabás. 

17 Reunidos, pues, ellos, les dijo Pilato: ¿A quién queréis que os suelte: a Barrabás, o a Jesús, llamado el Cristo? 

18 Porque sabía que por envidia le habían entregado. 

19 Y estando él sentado en el tribunal, su mujer le mandó decir: No tengas nada que ver con ese justo; porque hoy he padecido mucho en sueños por causa de él. 

20 Pero los principales sacerdotes y los ancianos persuadieron a la multitud que pidiese a Barrabás, y que Jesús fuese muerto. 

21 Y respondiendo el gobernador, les dijo: ¿A cuál de los dos queréis que os suelte? Y ellos dijeron: A Barrabás. 

22 Pilato les dijo: ¿Qué, pues, haré de Jesús, llamado el Cristo? Todos le dijeron: ¡Sea crucificado! 

23 Y el gobernador les dijo: Pues ¿qué mal ha hecho? Pero ellos gritaban aún más, diciendo: ¡Sea crucificado! 

24 Viendo Pilato que nada adelantaba, sino que se hacía más alboroto, tomó agua y se lavó las manos delante del pueblo, diciendo: Inocente soy yo de la sangre de este justo; allá vosotros. 

25 Y respondiendo todo el pueblo, dijo: Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos. 

26 Entonces les soltó a Barrabás; y habiendo azotado a Jesús, le entregó para ser crucificado. 

27 Entonces los soldados del gobernador llevaron a Jesús al pretorio, y reunieron alrededor de él a toda la compañía; 

28 y desnudándole, le echaron encima un manto de escarlata, 

29 y pusieron sobre su cabeza una corona tejida de espinas, y una caña en su mano derecha; e hincando la rodilla delante de él, le escarnecían, diciendo: ¡Salve, Rey de los judíos! 

30 Y escupiéndole, tomaban la caña y le golpeaban en la cabeza. 

31 Después de haberle escarnecido, le quitaron el manto, le pusieron sus vestidos, y le llevaron para crucificarle. 


Crucifixión y muerte de Jesús

(Mr. 15.21–41; Lc. 23.26–49; Jn. 19.17–30)

32 Cuando salían, hallaron a un hombre de Cirene que se llamaba Simón; a éste obligaron a que llevase la cruz. 

33 Y cuando llegaron a un lugar llamado Gólgota, que significa: Lugar de la Calavera, 

34 le dieron a beber vinagre mezclado con hiel; pero después de haberlo probado, no quiso beberlo. 

35 Cuando le hubieron crucificado, repartieron entre sí sus vestidos, echando suertes, para que se cumpliese lo dicho por el profeta: Partieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes. 

36 Y sentados le guardaban allí. 

37 Y pusieron sobre su cabeza su causa escrita: ESTE ES JESÚS, EL REY DE LOS JUDÍOS. 

38 Entonces crucificaron con él a dos ladrones, uno a la derecha, y otro a la izquierda. 

39 Y los que pasaban le injuriaban, meneando la cabeza, 

40 y diciendo: Tú que derribas el templo, y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, desciende de la cruz. 

41 De esta manera también los principales sacerdotes, escarneciéndole con los escribas y los fariseos y los ancianos, decían: 

42 A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar; si es el Rey de Israel, descienda ahora de la cruz, y creeremos en él. 

43 Confió en Dios; líbrele ahora si le quiere; porque ha dicho: Soy Hijo de Dios. 

44 Lo mismo le injuriaban también los ladrones que estaban crucificados con él. 

45 Y desde la hora sexta hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena. 

46 Cerca de la hora novena, Jesús clamó a gran voz, diciendo: Elí, Elí, ¿lama sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? 

47 Algunos de los que estaban allí decían, al oírlo: A Elías llama éste. 

48 Y al instante, corriendo uno de ellos, tomó una esponja, y la empapó de vinagre, y poniéndola en una caña, le dio a beber. 

49 Pero los otros decían: Deja, veamos si viene Elías a librarle. 

50 Mas Jesús, habiendo otra vez clamado a gran voz, entregó el espíritu. 

51 Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; y la tierra tembló, y las rocas se partieron; 

52 y se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron; 

53 y saliendo de los sepulcros, después de la resurrección de él, vinieron a la santa ciudad, y aparecieron a muchos. 

54 El centurión, y los que estaban con él guardando a Jesús, visto el terremoto, y las cosas que habían sido hechas, temieron en gran manera, y dijeron: Verdaderamente éste era Hijo de Dios. 

55 Estaban allí muchas mujeres mirando de lejos, las cuales habían seguido a Jesús desde Galilea, sirviéndole, 

56 entre las cuales estaban María Magdalena, María la madre de Jacobo y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo. 


Jesús es sepultado

(Mr. 15.42–47; Lc. 23.50–56; Jn. 19.38–42)

57 Cuando llegó la noche, vino un hombre rico de Arimatea, llamado José, que también había sido discípulo de Jesús. 

58 Este fue a Pilato y pidió el cuerpo de Jesús. Entonces Pilato mandó que se le diese el cuerpo. 

59 Y tomando José el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia, 

60 y lo puso en su sepulcro nuevo, que había labrado en la peña; y después de hacer rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, se fue. 

61 Y estaban allí María Magdalena, y la otra María, sentadas delante del sepulcro. 


La guardia ante la tumba

62 Al día siguiente, que es después de la preparación, se reunieron los principales sacerdotes y los fariseos ante Pilato,


63 diciendo: Señor, nos acordamos que aquel engañador dijo, viviendo aún: Después de tres días resucitaré.


64 Manda, pues, que se asegure el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vengan sus discípulos de noche, y lo hurten, y digan al pueblo: Resucitó de entre los muertos. Y será el postrer error peor que el primero.


65 Y Pilato les dijo: Ahí tenéis una guardia; id, aseguradlo como sabéis.


66 Entonces ellos fueron y aseguraron el sepulcro, sellando la piedra y poniendo la guardia. 

RVR1960

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